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Humildad, el camino a la autenticidad

Si hay un valor que valoro, es el de la HUMILDAD.

Antes de sumergirme de lleno para explorar que significado le damos a esta palabra, retrocedo unos casilleros y les cuento primero que es para mí un VALOR, o los VALORES.

Todas las palabras que utilizamos en nuestro vocabulario tienen una raíz etimológica y un significado original. Con el tiempo, el uso y las deformaciones, ante la misma palabra, cada uno interpreta significados distintos. Ahí radica una de las primeras dificultades de comunicación que tenemos para que el mensaje que emitimos, llegue a ser interpretado tal cual lo que quisimos decir.

Dicho esto, lo primero que hago ante estas dudas léxicas, recurro al amigo olvidado que todos tenemos (o deberíamos tener), el diccionario.

“VALOR – del latín valere – que significa “ser fuerte”, “fortaleza”. Valor es un concepto amplio que puede referirse a una cualidad, una virtud o un talento personal; al coraje o el descaro de una persona; a la importancia, el precio o la utilidad de algo, así como a un bien o a la validez de una cosa”.

Me gustó darme cuenta que, en mi uso cotidiano, y en este caso citándolo como valor propio a la persona, encierra un poco de todos esos significados.

Los valores son esas fortalezas que tenemos, o elegimos tener, como individuos. Si bien ud. que me lee hace tiempo, sabe que soy un militante de lo social y las relaciones interpersonales, en este caso destaco que cada uno de nosotros somos responsables de elegir con que VALORES vamos a construir nuestra vida, y desde cuales nos vamos a relacionar con el entorno.

Es cierto que hay VALORES que son comunes en el contexto socio cultural, otros radican en la herencia familiar y otros son inherentes al ser humano, por ejemplo, la RESPONSABILIDAD, que es la capacidad que tenemos para responder con nuestras acciones. De hecho, siempre lo hacemos. A veces conscientemente, y otras de manera automática. Nuestra manera de actuar en la vida, y de estar en el mundo, es 100% responsabilidad de cada uno. Aunque todavía hay quienes no se dieron cuenta.

Otro valor que tenemos todos de manera natural, es la HUMILDAD. ¿Todos somos humildes entonces? No estoy diciendo eso. De la misma manera que somos responsables y a veces no nos damos cuenta, por ende, no lo practicamos de una manera intencional, lo mismo pasa con la humildad.

Vayamos a desmenuzar un poco este concepto basándonos en mi mecanismo de reflexión. Recurro a la etimología y descubro sorpresivamente que su origen proviene de la palabra en latín “Humus” que significa tierra. ¡¡Maravilloso!! Inmediatamente viene a mi mente la analogía de que la HUMILDAD es la tierra en donde echamos las raíces para crecer como personas.

¿Por qué digo esto?

Profundizando en el significado llegamos a saber que es el conocimiento de nuestras limitaciones, debilidades y virtudes. Y acá viene la relación con lo inherente, ya que, en mayor o menor medida, discernimos cuales son. En que nos destacamos y en qué no.

Conocerlos no es lo mismo que reconocerlos. Saber cuáles son mis limitaciones no quiere decir que lo acepte. Aunque sea así. Ahí empiezan la complejidad del ser humano en cuanto a lo vincular. En la medida que nos resistimos a nuestras debilidades y no la aceptamos, el humus para sembrar otras virtudes pierde fertilidad.

¿Cuáles son nuestras maneras de manifestar esa resistencia?

Negarlo, taparlo, evitarlo, y en el peor de los casos, actuar de manera opuesta a la humildad. Siendo soberbio, arrogante, orgulloso, envidioso, irrespetuoso, etc. Tanto conmigo mismo y con los demás. Muchas veces somos más duros hacia nosotros.

Tomar contacto con la HUMILDAD de saber cuáles son nuestros talentos y que no, nos predispone a comportamientos que hacen de nuestra “tierra”, un cantero rico en nutrientes para que crezcan nuestras raíces que nos darán seguridad, firmeza y actitud para desarrollar todo nuestro potencial. Podremos distinguir que aspectos nos gustaría aprender o mejorar. Aceptar que NO somos dueños de la verdad y que existen tantas como personas en el planeta. Que somos vulnerables a equivocarnos o cometer errores. A comunicarnos con los demás desde la horizontalidad y no desde la superioridad o creyendo que somos inferiores, porque ahí no seriamos humildes con nosotros mismos.

Consolidada esa relación interna, el ejercicio de practicarla se vuelve natural. Comprendiendo que siempre estamos al servicio de “algo más grande”. Cumplimos una función en los sistemas que formamos parte, familia, trabajo, sociedad, planeta…

Nos vinculamos e interactuamos con el medio, y sus integrantes, agradeciendo y agradeciéndonos, perdonando y perdonándonos, admitiendo nuestros errores y siendo compasivos con los de los otros, escuchando y escuchándonos.

La humildad quizás sea, una cualidad que nos permite auto descubrirnos y descubrir la belleza que cada ser humano trae en su esencia. Reconocerla en nosotros y practicarla, es el primer paso para sacar lo más genuino de nuestro SER, sin caer en dispersiones mentales y actitudinales que nos alejan de la autenticidad.

Cuando el humus es fecundo, enraizamos cualidades que potencian nuestro crecimiento para acercarnos a nuestro verdadero cielo.

Gastón Aldave

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